En las elecciones de 2024, los jóvenes de entre 25 y 29 años tuvieron la participación electoral más baja de todos los grupos de edad: solo acudió a las urnas el 47.4% de su padrón
Emiliano Medina
Me pareció importante escribir este texto a partir de dos sucesos recientes. El primero, la entrevista que José Luis Guerra le hizo a Fernández Noroña. El segundo, el conflicto entre Manuel Pedrero y Tania Larios. Ambos evidencian un problema de fondo en la política actual: son discusiones vacías de ideas, cuyo principal punto de ruptura es una interpretación diferente del pasado y una crítica poco sustancial al poder vigente. Ambos eventos ayudan a explicar la desconexión entre los políticos y el electorado joven.
En las elecciones de 2024, los jóvenes de entre 25 y 29 años tuvieron la participación electoral más baja de todos los grupos de edad: solo acudió a las urnas el 47.4% de su padrón. Entre los distintos motivos que explican este fenómeno, creo que uno central es que a los jóvenes nos cuesta identificarnos con algún proyecto político en concreto.
Muchas cosas han cambiado desde el 2 de junio de 2024; no creo que la posición ideológica de los partidos sea una de ellas. Tampoco su comunicación. En esta entrega me enfocaré en el partido en el poder: uno que ha mirado acertadamente hacia los sectores más vulnerables, pero que ha ofrecido respuestas insuficientes ante problemas urgentes como la crisis de seguridad, el acceso a la vivienda, la transición energética y el combate a la corrupción. Ante estos problemas, el discurso “duro” de la 4T está desgastado. Es poco persuasivo seguir contrastando el sexenio de Calderón cuando se habla de homicidios. Lo mismo con el sexenio de Peña Nieto cuando se habla de la crisis financiera de Pemex. ¿En qué momento se van a asumir responsabilidades?
El discurso no corresponde con el desempeño de algunas secretarías federales. Cuando se habla de homicidios dolosos, el sexenio de Claudia Sheinbaum ha experimentado un avance importante: una reducción del 37% de septiembre de 2024 a octubre del 2025. Ante estos hechos, me hago las siguientes preguntas: ¿por qué el discurso de Noroña o de personajes afines al régimen, como Pedrero, sigue enfocado en Calderón cuando se habla del tema? ¿no sería más eficiente una comunicación técnica en donde se apuntalen resultados, pero se reconozcan fallas?
El discurso de López Obrador y el de la presidenta Sheinbaum no deben seguir siendo el mismo. Ambos representan formas de actuar y de pensar diferentes, aunque provengan del mismo movimiento. López Obrador es un genio de la política; su propia construcción de personaje generaba bastante contenido, aun cuando gran parte de ese contenido fuera retórica; sin embargo, de él provienen frases que le dieron vida a Morena como partido. “Por el bien de todos, primero los pobres” es una de las consignas más poderosas de la política reciente.
El estilo de Sheinbaum no es el mismo. Con un perfil preparado académicamente se ha enfocado en brindar resultados cuantificables y medibles, además de en meterse de lleno a los temas. Su comunicación y la de los portavoces de la 4T deben responder a esto. Ese intento por reescribir el pasado y de resucitar a personajes como Zedillo o Calderón me parece un error de cálculo que puede provocar un desgaste en la popularidad del partido en el poder. También, me parece que repetir consignas como “no somos iguales” o “no estás solo” es un error cuando cuadros de la 4T no se han podido desligar de escándalos de corrupción o de vínculos con el crimen organizado. “Tonto es quien cree que el pueblo es tonto”. La comunicación de Morena debe migrar de un discurso retórico a uno más técnico, uno que aproveche el perfil de la presidenta. Que identifique en el electorado a individuos críticos y no a un “pueblo bueno”. Si no, la apreciada consigna de los morenistas en tiempos electorales: “amor con amor se paga”, será meramente anecdótica.
Dicho esto, sería injusto detenerse aquí. La oposición sigue sin hacer su parte para convencer al electorado más crítico. En la siguiente entrega hablaré de su discurso, de por qué, después de perder en 2024, sigue sin encontrar argumentos nuevos para representar algo diferente. El problema, insisto, no es de un partido. Es de algunos de los principales portavoces de la clase política.