Hay una selección de Reyes Magos que se hicieron leyenda durante justas mundialistas previas, a quienes por razones de nacimiento y edad no vi jugar nunca, y cuyos respectivos itinerarios me tocó reconstruir a partir lo mismo de la memoria documental
Comencé a seguir los Mundiales de Futbol hacia los siete años. El primer jugador al que veneré, fue si no mal recuerdo Dirceu Guimaraes de Brasil, en Argentina 1978; el último, Luka Modric de Croacia, entre Rusia 2018 y Qatar 2022. En medio de ambos, la lista es harto nutrida. Pero hay una selección de Reyes Magos que se hicieron leyenda durante justas mundialistas previas, a quienes por razones de nacimiento y edad no vi jugar nunca, y cuyos respectivos itinerarios me tocó reconstruir a partir lo mismo de la memoria documental, que de la sustentada devoción mítica, ética y poética. Ellos son los integrantes de esta alineación ideal.
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En la selección mundialista ideal de los magos que nunca vi, protagonista insustituible de la media cancha sería sin duda Giuseppe Meazza.
Espinoso asunto, porque las principales estampas que han inmortalizado a Meazza en la memoria mundialista, son sobre todo dos, a cuál menos edificante. Por un lado, el saludo fascista de él y sus compañeros al inicio de cada partido que disputaron, durante la interpretación del himno italiano; por otro, la desafortunada sustitución de la tradicional playera azzurra por una de color negro, para mayor homenaje al Salvatore della Patria. La gesta de Meazza y de toda la selección de Italia entre los Mundiales de 1934 y 1938 aparece presidida por la feroz, grotesca, escalofriante y fársica sombra de Benito Mussolini. La histórica cuna del calcio y el catenaccio obtuvo su primera Copa del Mundo por imperial designio del caudillo, haciendo para ello derroche de las más vulgares artimañas: desde expropiar para su alineación titular cinco jugadores sudamericanos, hasta garantizarse la complacencia de los silbantes ante su brutal juego brusco (sólo así consiguieron diezmar y eliminar a la mítica Furia Roja española de Regueiro, Zamora y Lángara).
Para dimensionar la estatura futbolística de Meazza, es necesario pasar aquella oscura página del torneo de 1934, disputado en casa, y trasladarnos al París de 1938. A pocos meses del inicio de la guerra, con el mundo sumido en un juego de tensiones bélico-políticas no muy distante del actual, quién iba a obtener la corona en la emblemática capital del futuro bloque aliado parecía mucho más que una cuestión deportiva. El ambiente favorable de cuatro años atrás se transformó para la selección italiana en todo lo contrario; y la selección italiana, encabezada por el talento de Meazza, revirtió esa atmósfera hostil en razón de sus sobradas virtudes, sin que ello por supuesto dispense las bochornosas estampas que perpetró como parte de la ofensiva propagandística fascista a que se hallaba incorporada.
Giuseppe, de niño, salía a patear descalzo la pelota por las calles de Milán; su madre no quería que se aficionara al futbol, y le escondía los zapatos. El equipo de sus amores era el A.C. Milan, pero terminó convertido en la más grande leyenda de su acérrimo enemigo, el Inter. Inició su carrera de jugador como defensa, alcanzó la inmortalidad como centro delantero, pasó sus últimos años como centrocampista: ninguna zona de la cancha le era ajena. Admiraba a Rodolfo Valentino, se peinaba como él; era un guapo en todas las acepciones pendencieras y románticas del término. Los testimonios aseveran que era también y sobre todo un prodigio de técnica, imaginación y malabarismo con el balón en los pies. Alguna crónica del juego en que eliminaron a los anfitriones franceses en los cuartos de final de aquel 1938, narra que el público lo recibió con abucheos y lo despidió con una ovación.
Yo opino que su gloria y su grandeza no le deben nada al Duce.
Nombre: GIUSEPE MEAZZA (1910-1979)
País: ITALIA
Mundiales: ITALIA 1934, FRANCIA 1938.
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En la selección mundialista ideal de los magos que nunca vi, la media cancha tiene su prenda de lujo en Johan Cruyff, la más elegante y poética cigüeña en toda la historia del futbol.
Lo mismo que con Franz Beckenbauer, al que en cierto sentido se hallará para siempre irremediablemente vinculado como parte de una enconada, irreconciliable y sin embargo equilibrada dualidad, el legado de Johan fuera de las canchas tras su retiro como jugador en activo puede hacernos perder perspectiva sobre el milagroso prodigio que fue con el balón en los pies. A su favor obra no obstante la decisiva transición que para efectos documentales le representó al futbol el paso del celuloide a la pantalla chica. Las gestas de Beckenbauer debemos reconstruirlas en su inmensa mayoría a partir de fragmentos cinematográficos, sin duda mucho más ilustrativos que en décadas previas a la suya, pero aún insuficientes para dimensionar en toda su amplitud la calidad de juego del káiser alemán. El legado de Cruyff como jugador quedó por el contrario mayoritariamente registrado en formato televisivo; y aunque la televisión de los años setenta pueda parecernos en perspectiva algo rudimentaria, sus registros permiten una reconstrucción mucho más veraz de las calidades, los ritmos y las intensidades del juego.
Si en 1986 Diego Armando Maradona y la selección argentina se erigirían leyenda a partir de su mutuo contrapunto, es decir, a partir de la dinámica oposición entre la férrea disciplina táctica de Bilardo y la libérrima indisciplina del Diez-Dios, entre Johan Cruyff y la Naranja Mecánica ocurrió algo por completo distinto: la funámbula elegancia de la cigüeña holandesa resume en sí misma los mejores atributos de todo el equipo, de todo el dispositivo táctico, de todo el concepto, de todo el conjunto. Johan Cruyff fue como jugador la materialización individualizada del Futbol Total.
La desorganización organizada, el pluralismo funcional, la pelota tratada con una exquisitez parecida a la caricia, el relampagueante vértigo como destino a la vez fatal e impredecible para toda pausa. Cada uno de esos atributos se desplegaba en él con la naturalidad de un espontáneo ademán, como el gesto propio e insustituible del que todo rostro precisa para reconocerse en sí mismo. Eterna expresión de muchacho triste, cuerpo de frágil y algo desgarbada complexión, temple rebelde y pendenciero, Johan era tan explosivamente reacio para el acatamiento de cualquier imposición y cualquier sometimiento, como propicio para el más arrollador y aéreo contagio lúdico.
Refutando esa fácil retórica según la cual ganar no es lo más importante, sino lo único, las mejores virtudes del balompié actual asientan casi todas sus raíces en aquella escuadra neerlandesa “apenas” subcampeona de 1974, así como en su principal figura. La herencia de Johan, trasminada primero de sus pies al Áyax de Ámsterdam y al seleccionado naranja, y luego del Barcelona a esa principalísima potencia mundial del siglo XXI que es la selección española, ha terminado por rendir a casi todos ante la probada evidencia de que siempre está más cerca de ganar quien juega bien. Y de que jugar bien consiste sobre todo en reivindicarle sitio sobre el terreno de juego a la dignidad y la belleza.
Nombre: JOHAN CRUYFF (1947-2016)
País: PAÍSES BAJOS
Mundiales: ALEMANIA, 1974.
Sergio J. Monreal escribe de futbol desde 1998, cuando formó parte de la alineación original de La Red, suplemento pionero creado por La voz de Michoacán para abordar la Copa del Mundo desde la literatura y el periodismo cultural. En esa misma línea ha cubierto siete Mundiales.