Una estrategia clave es hacer una pausa consciente antes de comer. Basta con detenerse 30 segundos para preguntarnos: “¿Tengo hambre física o sólo necesito descanso, distracción o alivio emocional?”
América Fernández, colaboradora La Voz de Michoacán
Comer por impulso es una experiencia común: un antojo aparece de pronto, sin que exista hambre real, y antes de darnos cuenta ya abrimos una bolsa de frituras o buscamos algo dulce. Este comportamiento no es únicamente falta de fuerza de voluntad. Responde a procesos emocionales, hormonales y psicológicos que nos llevan a buscar comida como una forma rápida de obtener calma, energía o distracción.
Los impulsos alimenticios suelen aparecer cuando estamos cansados, estresados, ansiosos o desconectados del cuerpo. En estos momentos, el cerebro busca gratificación inmediata, y el azúcar y las grasas son las formas más rápidas de obtenerla. La liberación de dopamina que producen crea una sensación momentánea de alivio, pero después aparece culpa, pesadez y el deseo de cambiar el hábito. La buena noticia es que este tipo de impulsos se pueden regular aprendiendo a escuchar al cuerpo, organizando el entorno y sustituyendo ciertos alimentos por alternativas que satisfacen sin dañar la salud.
Una estrategia clave es hacer una pausa consciente antes de comer. Basta con detenerse 30 segundos para preguntarnos: “¿Tengo hambre física o sólo necesito descanso, distracción o alivio emocional?”. Esta simple pregunta ayuda a activar la parte racional del cerebro y reduce la urgencia. Otra herramienta útil es regular los horarios de comida y no pasar más de cuatro o cinco horas sin alimento; cuando el cuerpo está muy cansado o con niveles bajos de glucosa, los impulsos se vuelven más intensos. Además, dormir suficiente y manejar el estrés disminuye de forma natural la necesidad de “comer para sentirnos mejor”.
Los antojos dulces son especialmente comunes porque el cuerpo asocia el azúcar con energía rápida. En lugar de galletas, pan dulce o chocolates, podemos elegir opciones más saludables que satisfacen la necesidad de algo dulce sin generar el subidón y la caída brusca de glucosa. Algunas alternativas útiles son fruta fresca con todo y su fibra, acompañada de almendras o crema de cacahuate, camote cocido, chocolate 70% cacao, plátano y fresas congelados hecho helado, o dátiles rellenos de nuez. Estos alimentos aportan fibra y nutrición, y ayudan a que el cuerpo se sienta saciado por más tiempo.
Cuando el antojo es salado, el impulso suele estar relacionado con estrés o necesidad de textura crujiente. En lugar de frituras, papas o botanas altamente procesadas, se pueden sustituir por opciones como palomitas caseras, garbanzos o habas tostadas, nueces o semillas sin exceso de sal, tostadas horneadas con aguacate, o verduras crujientes con hummus o chilito. Estas alternativas permiten disfrutar sensaciones similares, lo salado, lo crujiente, el movimiento de “picar”, sin caer en alimentos que inflaman, cansan o aumentan la ansiedad a largo plazo.
Controlar el comer por impulso no se trata de prohibirse cosas, sino de construir una relación más consciente con la comida y con las emociones. Cuando aprendemos a reconocer qué sentimos, a respirar antes de tomar una decisión, y a tener opciones saludables disponibles, los impulsos pierden fuerza. El objetivo no es perfección, sino equilibrio: comer lo que nos gusta, pero desde un lugar de presencia y autocuidado. Con práctica, los antojos dejan de dominar nuestra vida, y recuperamos la sensación de libertad que viene de elegir conscientemente.