Por: Asaid Castro/ACG

Ojalá el Teatro Melchor Ocampo pudiera guardar el eco de los aplausos, porque esta noche se llenó de color, de pasos que resonaban en la madera y de una energía que no se quedó en el escenario.

La representación de la Navidad purépecha transformó el recinto en un espacio vivo, donde la danza, la música y la tradición caminaron juntas frente a un público atento.

Desde los primeros compases, la atmósfera fue claramente festiva. La esencia purépecha se manifestó a través de distintas danzas tradicionales de Michoacán, interpretadas por la Compañía Folclórica Tarasca y acompañadas por la Orquesta Tzitziki (originaria de Cherán), cuyos sonidos envolvieron la sala y marcaron el pulso de una celebración que se sentía más que explicarse.

Con una mirada quizá foránea frente a las danzas, las pirekuas y los vestuarios, quedó claro que no se trataba de una función distante ni rígida: Los danzantes bajaron del escenario, se acercaron al público, lanzaron dulces, repartieron fruta y rompieron cualquier barrera entre espectadores y escena, provocando sonrisas sinceras entre niñas, niños y adultos.

Una a una, fueron apareciendo danzas fácilmente reconocibles por el público, como los Cúrpites y la siempre celebrada Danza de los Viejitos, junto a otras menos comunes pero igual de potentes: los Cúrpites feos de Angahuan; las Pastoras, de la zona Lacustre; los Huacaleros de Santa Fe de la Laguna, los Negritos Catrines y las Maringuías de Tiríndaro.

Cada cambio de vestuario traía nuevos colores, máscaras y movimientos que renovaban el asombro. Las reacciones no hicieron falta describirlas demasiado: aplausos constantes, sonrisas abiertas y miradas que seguían cada paso.

Cada zapateado, cada giro y cada gesto era recibido como un reencuentro con algo conocido, aunque no siempre nombrado, pero profundamente compartido.

Más allá del despliegue escénico, la representación permitió asomarse a la riqueza cultural de los pueblos purépechas y a la forma en que la Navidad se vive desde la colectividad, la música y la danza, manteniendo vivas ceremonias que han pasado de generación en generación.

Al final, el Teatro Melchor Ocampo no fue solo un escenario, sino un punto de encuentro donde la tradición se sintió cercana, viva y en movimiento, dejando la sensación de haber sido parte de una fiesta que no solo se mira: se siente desde el folclor michoacano.