Morelia, Michoacán
La edición 2026 de la K’uínchekua dejó claro por qué Michoacán es “El Alma de México”, pues de nuevo el colorido y la tradición engalanaron las Yácatas de Tzintzuntzan.
Fue cerca de las 8:30 pm cuando las luces se apagaron y comenzó un video mapping que narra la historia de los pueblos originarios del estado; al finalizar la proyección, los telones blancos cayeron y dejaron ver la zona arqueológica con una iluminación especial en color rojo, la cual fue cambiando según la presentación que se encontraba en el escenario.
Con una obertura de sonidos prehispánicos se hizo el Ritual de Apertura del Cosmos, con el copal que conectaba a los presentes con los ancestros que alguna vez habitaron esta tierra que es “lugar de colibríes”.
Esta edición que estaba dedicada a las fiestas patronales, tuvo presentes diferentes danzas que hacen un sincretismo entre las creencias de los pueblos originarios y la religión católica, mismas que tienen siglos de existencia, pero cambiaron su sentido con la evangelización.
La noche avanzó con la procesión santoral del Grupo Coral Tata Vasco de Santa Fe de la Laguna; la Peregrinación La Topa Santiago Conguripo y Cutzio, del municipio de Huetamo, misma que está cercana a los 500 años de antigüedad.
Fuegos artificiales y la emocionante narración del maestro de ceremonias dieron paso a la tradicional orquesta purépecha, que interpretó algunas piezas de manera independiente, para más adelante acompañar musicalmente la Danza de T’arhes y Maringuias de Tiríndaro.
La elegancia de la Danza de Negritos de Tingambato, las pirekuas de agrupación de Pireris, la Danza de T’arhe ka Kutsï Uarhakua de Ichán, la Danza del Paloteo de Puruándiro, la Danza de T’arhe Uarharicha de Pamatácuaro, también estuvieron presentes, mostraron al público de la K’uínchekua la identidad cultural de los distintos pueblos de Michoacán.
La noche se encaminó al final con la Danza de Moros y Moras / Danza de Moros de Zacán, los Viejitos de Jarácuaro y finalmente los Tlahualiles de Sahuayo.
Para concluir la noche, todos los grupos de portadores de tradición regresaron al escenario, algunos ya sin máscaras, pero con su indumentaria completa, los rostros eran invadidos por una profunda emoción, algunos sonriendo, otros con los ojos llenos de lágrimas, lo que hace de la K’uínchekua un evento sin igual.