Este nombre de lugar es un reflejo del papel de las mujeres en los procesos históricos de dominación de una región multilingüe. También es una marca del poder de Tzintzuntzan y su lengua.
Rodrigo Daniel Hernández Medina, colaborador de La Voz de Michoacán
La historia de los nombres de lugar, o topónimos, en regiones multilingües como el Michoacán prehispánico, no solo refleja la diversidad lingüística, sino también procesos de dominación, identidad y memoria. A través del análisis del topónimo p’urhé Acámbaro, podemos explorar cómo la imposición de un nombre tras la conquista purépecha era un acto simbólico, esencialmente político, así como una estrategia de control y reafirmación cultural. De hecho, en la Relación de Michoacán se explica cómo se denominaba a los pueblos conquistados, generalmente, relacionado con alguna divinidad que los enviados del Irecha llevaban desde sus pueblos, con algún dignatario o jefe guerrero (Paredes, 2017). Así, en el contexto del expansionismo del linaje uacúsecha, la denominación purepechizada del lugar o pueblo “donde asentaban” era un acto de dominación.
El caso de Acámbaro está bien documentado en la Relación Geográfica de la Villa de Celaya (1580), escrita por Cristóbal de Vargas Valadés, actualmente ubicada en la biblioteca de la Real Academia de la Historia de Madrid (Acuña, 1987). Ahí se explica que, tras el sometimiento voluntario al poderío de Tzintzuntzan de un grupo de familias otomíes exiliadas de Dandhó (Huichapan), se asentaron junto al hoy llamado Río Lerma y el Irecha envió al lugar cinco familias de su Irechekua (Nación) que Lefebvre, (2017) entiende como linajes o sirequecha. Uno de los enviados, un principal, trajo…
por mujer una india llamada Acamba; y, estando ella una vez bañándose en el rio, se ahogó y, por memoria de la dicha india, pusieron por nombre a este lugar Acamba y, yéndose corrompiendo la letra, le han venido a llamar Acámbaro, y éste es su origen. […] Quiere decir, el nombre Acámbaro, “lugar de maguey”, que es un árbol de mucho provecho para los indios; y hablan lenguas tarasca, otomí, chichimeca y mazahua. La lengua tarasca es la general (Acuña, 1987: 61).
Este fragmento de la Relación Geográfica demuestra que se trata de un topónimo antroponímico memorial, asignado en honor a una mujer de la nobleza tarasca. Gracias a la Relación de Michoacán, sabemos que los hombres nobles y gobernantes se casaban con las mujeres que los dioses les designaban y muchas de ellas tenían nombres propios referentes a elementos naturales y a divinidades específicas, reforzando la vinculación de su linaje con las deidades (Kuthy, 2003). Por ejemplo, Ak’amba, que se puede traducir como “maguey” vincularía al linaje gobernante de la región, con una planta tan sagrada que, nos dice la Relación de Michoacán, los hombres que quebraban el Maguey eran considerados váscata, malhechores, y se les sentenciaba en Equata consquaro, la fiesta de las flechas. Esto vinculaba a la mujer y al angamecha o principal, con el linaje de los vacúsecha y, quizás directamente, con el linaje del irecha Tariácuri. De hecho, como cuenta Naná Jorhéntpiri Elvia Tomás, en la tradición oral de la región se dice que Ak’amba era tan querida por el Irecha que, tras su muerte, este maldijo la región.
Finalmente, quisiera recuperar el análisis histórico-arqueológico de los topónimos de la región de Acámbaro que hizo Karine Lefebvre (2017) donde se muestra que varios asentamientos de la región tenían una pluridenominación: en otomí, en matlatzinca y en purhépecha. Para el caso “Acámbaro”, encontramos en las fuentes las palabras Mavadá, en otomí, y Py xumí, en matlatzinca que, al igual que en p’urhé, carecen de las partículas del plural por lo cual se interpretan como “En el Maguey” o, más específicamente quizás, “Donde Ak’amba”. Así, se refuerza la idea de que Acámbaro es un topónimo que remite a una persona y a un acontecimiento, cuyo estudio nos permite comprender mejor cómo los pueblos prehispánicos construían y conservaban la memoria a través del lenguaje. Este nombre de lugar es un reflejo del papel de las mujeres en los procesos históricos de dominación de una región multilingüe. También es una marca del poder de Tzintzuntzan y su lengua.
Todas estas ideas se discutieron el pasado sábado 22 de febrero, en el Museo de Acámbaro Dr. Luis Mota Maciel, en el marco del Día Internacional de la Lengua Materna. Además, la charla se nutrió de una clase magistral sobre la construcción del plural y el singular en P’urhé por Naná jorhéntpiri Elvia Tomás Martínez, quien se ha dedicado al rescate de su lengua materna en la región durante los últimos 25 años. El evento, organizado por el Círculo de Lectura y Creación Literaria junto con el Observatorio Acambarense por los Derechos Humanos “Fray Raúl Vera López”, propició un interesante debate entre los asistentes sobre la lengua, la memoria, la historia, las mujeres y la identidad de Acámbaro, antigua frontera nororiental de la Irechekua P’urhépecha. En conjunto se reconoció como la interpretación blanco-mestiza del topónimo como “Lugar de Magueyes” ha contribuido al apagamiento de la lengua y la memoria purhépecha de la región.
*Acuña, René. 1987. Relaciones geográficas del siglo XVI: Michoacán (epub). México: Instituto de Investigaciones Antropológicas, UNAM.
*Kuthy, Lourdes. 2003. “4. Parentesco y matrimonio en la sociedad tarasca prehispánica”. En El matrimonio en Mesoamérica ayer y hoy: unas miradas antropológicas, editado por Robin Robichaux, 107–36. México, D.F.: Universidad Iberoamericana.
*Lefebvre, Karine. 2017. “La toponimia frente a la Arqueología y a la Historia: aportes sobre la ocupación de la región de Acámbaro en el momento de la Conquista”. En La memoria de los nombres: La Toponimia en la Conformación Histórica del Territorio. De Mesoamérica a México, editado por Karine Lefebvre y Carlos Paredes Martínez, 209–30. México D.F.: CIGA-UNAM.