Narración

Gustavo Ogarrio colaborador de La Voz de Michoacán

Por las noches limpio su rostro y sus colmillos. A veces le cuento en voz muy baja la otra parte de su viaje, la que nunca vio y que yo viví desde la dulce lejanía de las cartas. Trato de respetar su silencio y de no abrumarlo con alguna impertinencia amorosa de mi parte. Sin embargo, en ocasiones sucumbo ante la indefensa figura y me aprovecho de su mueca imperturbable para decirle cuánto lo había esperado, cuántas noches soñé con su regreso y cómo abracé desde mi soledad cada uno de sus pasos por lugares insospechados. A veces se queda dormido y palidece más de lo normal o más bien yo soy la que imagina que está dormido. Entonces canto algunas canciones que le escuché a su madre y en ellas voy metiendo mi amor por su partida, por su silencio y lejanía. A veces hasta me atrevo a cambiarles la letra y le digo, sin que lo perciba, que no tenga miedo y que si no quiere hablar yo lo cuidaré igual. Lo arrullo y le prometo que un día regresaremos juntos a París y hasta digo de cariño que es mi Drácula inmóvil, mi Drácula indefenso y vencido por el golpe de su soledad parisina.

A veces sus ojitos me miran como si comprendieran todo lo que platico. Entonces yo me animo a darle un beso y cantando en voz muy baja, cerca de su oreja puntiaguda, me invento otra canción para que sepa que, si él quiere, un día no muy lejano tendremos un hijo. Cuando por fin se queda dormido sobre mis piernas, con cuidado lo arrastro hasta el magnífico ataúd gris para taparlo, amarrarlo y desearle con un beso en la frente que duerma bien, que olvide al vagabundo de Lisboa diciéndole que en su mirada cabe toda la miseria de los seres humanos y también la muralla infranqueable de los idiomas y las lenguas del mundo entero. A veces rezo para que algún día me platique otra vez de sus viajes, de sus caminatas invernales en París y de las noches heladas en que comenzó a dormir su largo y hermoso sueño de Drácula inmóvil.