Conviene recordar que esta edición de estos poemas forma parte de una colección de 24 títulos, como resultado de la realización del Festival Internacional de Poesía, Puebla 2026

Rafael Calderón, colaborador La Voz de Michoacán

Hay antologías personales que llegan como una conversación prolongada: De capital enfado son los versos (Casa de Hydra, 2026), de Lucía Rivadeneyra, es una de ellas. Es una escritura que persiste y encuentra en la interrogante su forma más fiel. Sus poemas sostienen un diálogo vivo e incesante sobre la vida, la poesía, la presencia cotidiana y esas preguntas que no se resuelven, sino que laten en el lenguaje. Como si sus versos fueran parte de la luz que cede –ese lento descenso del día que afina la conversación–: palabras salidas del crepúsculo que se quedan, se decantan y se vuelven vino.

Conviene recordar que esta edición de estos poemas forma parte de una colección de 24 títulos, como resultado de la realización del Festival Internacional de Poesía, Puebla 2026 (con un comité integrado por Alejandro Palma Castro, Miraceti Jiménez y Manuel Cortés Castañeda, bajo la supervisión editorial de Ruth Rojas Jiménez).

En este título intenso, Rivadeneyra afirma una voz que no se borra: insiste en volver y confirma su riqueza lírica. Entre los autores presentes se encuentran: Blanca Luz Pulido, Miraceti Jiménez, Margarito Cuéllar y Víctor Toledo; junto a ella, abren oportunidades para reinterpretar el mundo desde un saber sensible. El encuentro –iniciativa ciudadana– reunió poetas de distintas latitudes en lengua española y con sus poemas trazan un mapa vivo de resonancias.

Los poemas de Rivadeneyra no solo dicen: interrogan, desplazan y encienden una capilla de sueños; salen en busca de su propio manantial. Beber de ellos es demorarse en su pulso, dejar que el lenguaje fermente y revelan capas, como quien prueba un vino: no solo el instante, también el tiempo que lo sostiene. Tres apartados breves e intensos conforman un adagio de metáforas en movimiento.

El título abre un diálogo que convoca a la lectura; sus versos obligan a escuchar la evolución de su voz, a seguir huellas que se desvanecen y reaparecen bajo otra luz. En ese tránsito se reconoce una madurez: llegada y umbral a la vez, antesala de una perduración fina, sostenida en la intemperie de la palabra. Nombrarla exige gestos inciertos: palabras que apenas la rodean, tanteando un territorio vivo entre crepúsculos y vinos, o apenas el vapor del agua.

La voz de la poeta se desplaza en ritmos e imágenes que configuran y ponen a prueba su estilo. El verso no se agota: insiste, vuelve, reaparece con renovada intensidad. Aquí encuentra su zona más fértil: continuidad y persistencia de su escritura. Permanece una vibración, un eco que se propaga como luz y se transforma al reposar en sus imágenes. La antología se organiza en tres secciones que trazan sus coordenadas: la primera, sugerida por el título; la siguiente, Letanías, cadencia que insiste; Mudanza, tránsito; y, finalmente, Hipocondría y ¡Salud!, cierre que desborda el cuerpo y lo nombra.

Su escritura sostiene un erotismo que no es ornamento, sino pulso: la luz entre del todo a la casa, abre el deseo sin tocarlo; recorrer los laberintos de ciertas creencias –religiosas o no–, hurgar en rebanadas de sueños, fijar una imagen mientras el polvo de la memoria se adhiere a los bordes del verso. Son mareas íntimas, pasiones terrenales: un racimo atravesado por el cuerpo y sus marcas –hospital, anestesia, cirugía, chequeo médico–. Pero lejos de clausurarse en lo clínico, este territorio se expande, deviene imagen, intensidad, hallazgo: un espacio donde la palabra se hace carne y la poesía, materia viva que late al invocar vírgenes y santos, como en este resumen intensísimo:

[…] al Señor de la Paciencia…

les ruego, les suplico a todos ellos

que conviertan el vino en agua

y en agua los cuchillos

que me aventó –sin que yo lo advirtiera–

enceguecida en medio de la luz

un lanzador experto.

Para que la voz de Rivadeneyra, en De capital enfado son los versos, hable por sí misma, con un cierre que condensa el recorrido:

Entonces, me seduce

la puerta de la calle.

Camino sin descanso.

Hurgo las bolsas del abrigo áspero.

Deseo hallar rescoldos

de fe y unas monedas.

¡Y el milagro se da!

Una discreta marquesina anuncia:

La Providencia, bar.

Rafael Calderón (Morelia, Mich, 1976). Ha publicado poesía y ensayo. Es autor en ensayo de Pablo Neruda en Morelia (2024) y en poesía Recuento de Estos días (2024) y tiene en proceso de edición El turno y la presencia. 200 años de poesía en Michoacán 1825-2025, por Centzontli Pájaro de cuatrocientas voces.