Morelia, Michoacán/ Por: Asaid Castro/ACG
Rosarios entrelazados entre los dedos, veladoras envueltas en papel rosa y botellas de agua que brillan bajo el sol del mediodía. Desde antes de las doce, el Templo de la Cruz comienza a llenarse de pasos lentos y miradas expectante; es un templo pequeño para una fe desbordada, sin convocatoria oficial ni planeación previa.
Son las llamadas misas de sanación, de cuerpo y alma, a las que acuden, en su mayoría, adultos mayores; algunos acompañados por familiares, otros apoyados en bastones, los que avanzan con paciencia y con la esperanza alcanzar un lugar dentro del pequeño recinto ubicado sobre la avenida Madero, en pleno Centro Histórico de Morelia.
Alrededor de las 12:30 horas, cuando la misa ya ha comenzado, continúa llegando la gente; aunque pareciera no caber un fiel más, los asistentes siguen intentando ingresar.
El interior del templo está repleto y la celebración se extiende hacia el atrio y las banquetas, donde decenas de personas siguen la misa de pie, en ocasiones bajo el sol, pero con la atención puesta en el altar.
Un templo pequeño para una fe que desborda
Es jueves, día en que la comunidad ha bautizado estas celebraciones como “misas de sanación”, una tradición que, sin anuncios ni campañas, ha convertido al templo en un punto de referencia para quienes buscan consuelo espiritual y físico.
“Es una misa normal, no tiene nada extraño ni diferente”, aclara el padre Jorge Huante, sacerdote a cargo del templo desde mayo pasado. La popularidad, explica, no nace de una promoción especial, sino de la fe de quienes acuden con la esperanza de mejorar su salud.
“La gente viene con esa intención y eso le da un sabor distinto a la celebración. La misa no es especial, la hace especial la misma gente por la fe”, señala.
La misa es la misma, la intención es distinta
Durante la celebración, es común observar a los asistentes portar imágenes de santos, arcángeles, cruces, medallas, frascos con aceite de oliva, botellas de agua y pequeños recipientes con sal. Al término de la eucaristía, estos objetos son presentados para recibir la bendición, en un segundo momento que la comunidad espera con especial atención.
El sacerdote insiste una y otra vez en el mensaje: no se trata de talismanes ni de actos mágicos. “Son sacramentales que nos ayudan a acercarnos a Dios, no a la suerte ni a la superstición”, repite desde el altar, en ocasiones con bromas que relajan el ambiente y generan cercanía con los fieles.
Aunque la Iglesia las define como misas ordinarias con unción de los enfermos, la comunidad les ha otorgado un valor simbólico particular. La unción, acompañada de una oración por la salud, se ha convertido en el centro emocional de la celebración. “Todas las misas son igual de poderosas”, recalca el padre Jorge, quien reconoce que el nombre de “sanación” proviene de la religiosidad popular.
Una tradición que se mantiene cada jueves
La práctica fue iniciada por el padre Miguel Contreras, conocido como el padre Miguelito, quien estuvo al frente del templo durante casi una década. Su cercanía con la comunidad y su labor de catequesis marcaron profundamente a los fieles.
Aunque hoy ya no se encuentra en el recinto, la tradición continúa y sigue convocando a cientos de personas cada semana. “La gente no viene por el sacerdote, viene por algo mucho más grande»”, afirma Huante.
Entre los asistentes se repiten historias de diagnósticos complicados, enfermedades crónicas y tratamientos prolongados. “Viene mucha gente con cáncer, problemas de riñón o padecimientos de años”, comenta el sacerdote. La concentración de dolor, esperanza y fe transforma el ambiente, no porque la misa sea distinta, sino porque la oración colectiva adquiere un peso particular.
Mientras dentro se reza, afuera también se construye la escena. Algunas personas reparten pulseras o invitan a otros a asistir a la llamada “misa de sanación”, reforzando el boca a boca que ha hecho crecer la fama del lugar. A pesar de ello, el mensaje desde el altar se mantiene constante: no es una misa más poderosa que las demás, es una misa como cualquier otra, celebrada con fe.
El jueves siguiente, a la misma hora, la escena volverá a repetirse. Sin anuncios ni espectaculares, pero con la fuerza silenciosa de una comunidad que encuentra en el Templo de la Cruz un espacio para creer o para recuperar su fe.