El FCE lanza «25 para el 25», la operación de lectura más grande de Latinoamérica. 2.5 millones de libros para jóvenes llegan a Michoacán.

Antonio Monter

Hay libros que llegan como tormenta, anuncian su marcha con un relámpago y una promesa, sacuden el aire antes de tocar la tierra y dejan, tras su paso, un nuevo paisaje. Así ocurre con la colección 25 para el 25, editada por el Fondo de Cultura Económica, para irrumpir en manos jóvenes como una fuerza renovadora, y, abrir de golpe, una ventana hacia la lectura y redefinir horizontes.

En una época que ha hecho del acceso su principal promesa, conviene detenerse a pensar qué significa realmente acceder. Nunca antes la humanidad dispuso de tal abundancia de textos, datos y estímulos simultáneos. Sin embargo, esa expansión material convive con una contracción más sutil, la del tiempo interior necesario para procesar, cuestionar y comprender. La saturación informativa no amplía en automático la experiencia intelectual, muchas veces la fragmenta, la vuelve superficial, la empuja hacia un consumo acelerado donde casi nada permanece.

Frente a ese panorama, la aparición masiva de libros impresos adquiere un sentido que rebasa lo simbólico. No se trata sólo de poner objetos culturales en circulación, sino de reintroducir en el espacio público una práctica que exige pausa, continuidad y concentración. Leer de manera sostenida implica entrar en un régimen temporal distinto al de la inmediatez digital, uno, donde el pensamiento se despliega, la memoria se activa y la imaginación construye vínculos.

25 para el 25 nace con una ambición desmesurada por necesaria, el proyecto contempla colocar 2.5 millones de ejemplares en distintos países de América Latina, dirigidos a lectores de entre 15 y 30 años. Pero lo radical no es la cifra, sino la apuesta simbólica: devolver a las juventudes el mapa de su propia imaginación.

A esa dimensión estructural se suma otra, menos visible pero igual de significativa, la naturaleza misma de los libros elegidos. La selección no responde a una lógica utilitaria ni a una agenda temática coyuntural, configura, más bien, un mapa literario donde conviven la poesía y la narrativa como dos formas complementarias de conocimiento. No es un detalle menor cuando suele privilegiarse lo informativo sobre lo expresivo. Apostar por obras que exploran el lenguaje, la memoria y la sensibilidad implica reconocer que la formación de lectores no se reduce a transmitir contenidos, sino a desarrollar capacidades interpretativas profundas.

La presencia de la poesía dentro del conjunto resulta particularmente reveladora. La poesía, por su propia condición, resiste la velocidad, exige atención minuciosa, tolerancia a la ambigüedad y disposición para habitar el silencio entre palabras. Introducirla en una colección dirigida a públicos jóvenes no es un gesto ornamental, es una declaración pedagógica implícita. Significa afirmar que la educación cultural no sólo debe preparar para entender el mundo, sino para percibirlo con mayor intensidad y en sus múltiples matices.

La narrativa, por su parte, ofrece modelos de experiencia. A través de historias, personajes y conflictos, permite ensayar imaginariamente situaciones humanas diversas, ampliar el repertorio emocional y comprender las tensiones sociales desde perspectivas complejas. Cada relato opera como un laboratorio simbólico donde se ponen en juego preguntas sobre identidad, poder, memoria, justicia o pertenencia.

Lo verdaderamente valioso es que la colección 25 para el 25 articula estas dos dimensiones: la lírica y la narrativa. Juntas configuran una experiencia de lectura más completa, no sólo con la idea de formar lectores competentes, sino personas sensibles capaces de habitar más de una interpretación. Quien se acerca inicialmente por una historia puede descubrir, en ese tránsito, la potencia del lenguaje poético; quien llega desde la poesía puede encontrar en la narrativa un marco más amplio para situar sus intuiciones. Así, la colección no sólo distribuye títulos, construye trayectorias posibles dentro del universo literario.

Así, la iniciativa del Fondo de Cultura Económica revela que el acercamiento a los libros no se promueve con discursos, sino con oportunidades, puesto que durante años la idea de “fomentar la lectura” se volvió una consigna burocrática, repetida como una oración mecánica.

Paco Ignacio Taibo II, director del FCE, lo ha explicado con claridad y algo de provocación: “el objetivo es que las juventudes lean por placer y descubran el placer de leer”. Esta frase, que parece obvia, es en realidad una declaración política. Porque leer por placer implica ejercer libertad y pocas cosas son más peligrosas para cualquier forma de dominación que un lector libre, y si no, echemos una breve mirada a nuestra historia.

No obstante, la operación editorial detrás del proyecto ha sido compleja, alianzas entre gobiernos, acuerdos internacionales, negociaciones de derechos y una logística casi heroica. No es casual que el propio Taibo II la haya definido como “la operación de fomento a la lectura más grande que se haya producido en América Latina”.

La llegada de esta colección a la Ruta de la Lectura en el marco del Plan Michoacán para la Paz y la Justicia tendrá una dimensión adicional. Se convertirá en una herramienta concreta para democratizar el acceso a obras fundamentales y para fortalecer el tejido cultural desde las comunidades. No se trata sólo de sumar títulos a los estantes o a las bibliotecas de las escuelas, sino de provocar encuentros entre lectores, generaciones, territorios y palabras.

Porque los libros no cambian el mundo por sí solos, pero sí le otorgan a las personas la oportunidad y las herramientas para imaginarlo distinto y, llegado el momento, transformarlo.

Antonio Monter Rodríguez, periodista, escritor, cronista, y guionista con más de 26 años de trayectoria en el periodismo. En el Sistema Michoacano de Radio y Televisión ha sido conductor y subdirector de radio; además, tiene amplia experiencia como docente y tallerista, actualmente coordina el Taller de Crónicas y Cuento en UNAM Centro Cultural Morelia.